Almario silente

Encontrar un título para los trabajos de Juan Pedro Trejo no es fácil. Llevo tiempo buscando las palabras que apoyen su obra. Cuando las encuentro suelo considerarlas innecesarias porque entiendo que sus imágenes son suficiente discurso. Sin embargo, hay una rara necesidad de explicar desde la letra de molde el mundo observado.

Por eso, cuando me presentó su nuevo trabajo, estuvimos buscando juntos las palabras que pudieran resumir sus pretensiones. Llegamos a la conclusión de que, a la espera de otro mejor, el de “Almario Silente” podría recoger sus intenciones básicas.

Un almario silente no es sino un armario silencioso. Pero, como en todo lo que él hace existe un poso espiritual que trasciende la forma. Juan Pedro Trejo busca el alma individual que nos comunique con el alma colectiva. Busca en la persona a la persona. Por eso aquel antiguo armario se convierte en “almario”, porque recoge esencias de individuos.

Además, la ausencia del sonido favorece la contemplación. Y en el caso de la fotografía la lente es el elemento necesario para poder observar. No puede haber dudas de porqué el silencio es silente.

Este traba es tal vez uno de los más intensos en la trayectoria de Juan Pedro Trejo. Los modelos elegidos en esta ocasión son niños y púberes. Cualquiera que conozca otras series de este autor sabrá que una de sus constantes es la persona intervenida en su proceso de construcción. Sus modelos no pueden dejarnos indiferentes. En todos ellos apreciaremos detalles que los convierten en seres por conformar.

Todos son proyectos de seres inacabados aunque esta continua provisionalidad hace que sean definitivos al ser fijados en el instante.
En esta ocasión ha introducido con más intensidad el factor de la interrupción del tiempo. En sus rostros se ve la marca del futuro inevitable, ese que no se nombra y que les hace tan personas, tan humanos, como nosotros mismos podamos serlo pese a estar plasmados como una realidad mineral.

El retrato se hace complejo al reflejar no sólo a aquel que es contemplado sino también a quien lo observa. El modelo se convierte así en parte de un paradigma que cobra su sentido pleno cuando los ojos se enfrentan como si fueran espejos.

Todo es un precario definitivo desde la perspectiva de Juan Pedro. Los hombres son proyectos, las personas están inacabadas, los niños interrumpen su camino por el tiempo. Hasta el título de este trabajo es como es porque está pendiente de ser definido. Pero hasta ese entonces, todo es definitivo. Lo que está entre sus manos, con forma de libro y aspecto de tal, con olor a tinta o aromas de tiempo pasado, no es sólo lo que parece. Esto, que asemeja un libro, es un almario. Fíjese atentamente: las tapas son puertas, el lomo es bisagra, las hojas son impresiones almacenadas de una memoria que aún no le pertenece.

Pase las páginas una a una, con detenimiento. Encontrará en las miradas silenciosas un universo de espíritus ajenos al tiempo. A la vez que observa esos rostros podrá sentirse contemplado por ellos hasta convertirle en realidad mineral. Entonces, desde adentro de su imagen, podrá ver cómo ven los demás.

Juan Carlos Laseca