La memoria ancestral

La memoria ancestral

El Dios mistificador parece estar enfadado con el hombre y le ha negado la palabra. El gran don recibido por el ser humano tan sólo sirve para comunicarse con sus semejantes y las invocaciones a la suprema autoridad parecen abocadas al fracaso el silencio como respuesta. ¿Pero es que acaso no fuimos hechos a su imagen y semejanza?

Sólo unos pocos orates mantienen aún la esperanza de que la palabra y el gesto sean útiles para reestablecer el hilo comunicador con la instancia creadora. Oculta parte de su humanidad por la máscara, se convierte el guardián del rito en el poeta de la sociedad moderna, en el chamán de la sociedad atávica.
El rostro construido, hecho por la mano del artesano, pretende representar el lado divino de lo humano.

Necesariamente contrapuestas las identidades éstas se fusionan en un todo que a su vez conforman un UNO. Vemos, de nuevo, cómo el mito del sabio Quirón, dispuesto en la playa en que arriaron los Argonautas, espera las preguntas para formular las respuestas. Gracias a aquellos que asumen su parte divina podemos, los demás mortales, disfrutar con la materia que nos configura y proporciona la comodidad del límite.

Parece que la voz, la palabra, ha sido reestablecida y se lanza el mensaje hacia lo espirituoso del Hado. Sin embargo, oímos el rugido del viento en al Corazón del Cielo, pero no entendemos en él las fuertes palabras de Huracán.
¿Acaso vuelve a ser necesario que enviemos mensajeros que crucen el umbral de la sombra y nos interpreten? ¿No resulta suficiente que renunciemos a buena parte de nuestra bárbara humanidad asumiendo la condición de pequeños Lares?

En tanto que el HOMBRE sea humano se hará necesaria la función del poeta liberando de su torre de marfil, la del chamán fuera de sí, la de sacerdote alejado de las piedras sobre las que fue construida su iglesia. El intermediario pagará con la condena de ser Minotauro en el laberinto. Encerrado por la forma sólo nos queda esperar que su lenguaje bárbaro sea interpretado con la misma fuerza con que nos aferra.

Es así como Juan Pedro Trejo desidolatra a quienes burlando la barrera de lo humano se lanzan en pos de lo divino, y lo persiguen en nombre de nuestra palabra.

Juan Carlos Laseca