Monstruosidad infinita

Monstruosidad infinita

“Entonces fue la creación y la formación. De Tierra de lodo hicieron la carne (del hombre). Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iva para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener. Y dijeron el Creador y el Formador. Bien se ve que no puede andar ni multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto, dijeron. Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida dijeron: ¿Cómo haremos para perfeccionar, para que salga bien nuestros adoradores, nuestro invocadores?”

Popol Vuh, primer parte, cap.II.De este modo fue siendo creado el hombre, aún antes de que nos dieran cuenta de Xibalbá y los Señores de Xibalbá. Perdido en la memoria de las antiguas historias del Quiché, en alguna arte de ese olvido perduran los bocetos del hombre en su proceso de creación, de construcción orgánica. Rescatada de aquel momento resurge la pregunta: ¿Cómo ha de ser el HOMBRE? Si Juan Pedro Trejo hubiera participado de esa construcción y se hubiera tenido en cuenta su opinión; ser el Creador y el Formador hubieran ampliado el ámbito de su consulta, entonces la respuesta hubiera sido contundente: “El hombre ha de reflejar aquello de lo que forma parte; los miedos y las angustias lo conforman”.

Pero cada uno de nosotros es dueño de distintos miedos y sin embargo, n apariencia, somos formalmente semejantes.

Ver en esta figura rota de proporciones desiguales algún atisbo de humanidad resulta un ejercicio de clarividencia que nos permita abstraer la observación hasta más allá de unos espejos deformantes que distraen de las salsa que acompaña las patatas bravas. Supone dejarse llevar hasta el número de patente provisional de la misma salsa, y reconocer que el sabor de ésta no siempre es igual.

Éste es, en esencia, el intento de Juan Pedro Trejo: Adentrarse en lo más recóndito y misterioso del ser humano. En este lugar común de la imagen conforma extremidades casi sin limite, da una justificación larvaria de la génesis y configura un proyecto de autorreconocimiento cóncavo. El cuerpo se expande sin dimensión puesto que contiene un alma desgarrada no sometida a la matemática de la repetición.

No es el primero en aventurar que “las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas”, por esto mismo tampoco es el único.

Juan Pedro Trejo apura el vaso de verdad para llegar hasta el fondo del mismo y poder asegurar con rotundidad que ha liberado de la matemática perfecta a la deformación. Tal vez llegue el día en que tengamos que lamentar que el Creador y el Formador no tuvieran en cuenta esta propuesta sobre cómo debiera ser aquél que les adorara y les invocara.

Juan Carlos Laseca